Hay días que no tengo alma ni cuerpo para nada. Tenía una entrada para ir a ver a La Bien Querida a la Sala Tribeca y fui. Mezcla de asombro e ilusión de ver una sala repleta casi enmudecida ante sus canciones. Guitarra acústica, voz y su colega con una eléctrica haciendo solos, ambientes y coros. Poco más de una hora de directo. Canciones de amor y desamor. Bien cantadas, directas. Tiene el veneno, tiene el hechizo.
Me encontré con David del Río, hablamos un poco de lo bueno y lo malo de tocar por ahí. Había gente joven, mayor, cuarentones como yo, algunos padres con sus hijas, parejas, grupos de amigas y amigos. Ana hablaba y no se le entendía muy bien atrás de la sala donde estaba pero cuando cantaba enmudecía la sala. La pareja de delante cada vez que se besaban o abrazaban la electricidad estática hacía que algunos de los cabellos rubios de ella quedasen tendidos hacia el cabello denso de él. Era como visualizar el amor, los átomos conectados entre ellos.
Había una niña a la derecha que se sabía casi todas las canciones y las cantaba a veces, su madre también pero desafinaba bastante y era arrítmica, siempre entraba antes de tiempo. A mi oreja izquierda una chica joven cantaba armoniosamente, era como estar entre casetas de feria. La Coronita no me supo tan mal. Terminó con una versión de Por qué te vas y pensé en por qué no se hacen pogos con canciones de amor, en ese momento habría sido genial.

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